En un foro de GENDES, Mauro me pide que me autodefina como feminista. «¿Feminista?», me pregunto, «¿una plática sobre mi feminismo? No hablo de ‘ciudadanos y ciudadanas’, no me sé los choros de la agenda feminista. Mi feminismo ha sido más bien práctico, de empoderamiento y coherencia personal» me digo.

«El feminismo, como la tierra, es de quien lo trabaja, quien lo vive», comienzo la charla. «En ese sentido, podría dividir mi vida en cuatro episodios», y comienzo a revelar aquellos secretos bien guardados, a exponerlos públicamente.

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1. Grandes esperanzas

Mis papás –no sé cómo, tal vez, con mucho amor– me heredaron una alta autoestima. «Yo quiero, yo puedo, se sueño, yo hago», así crecí. El mensaje subliminal era «te damos oportunidades, pero también tenemos altas expectativas de ti». Construyeron en mí la ética del mérito: gánate las cosas, no esperes que otros te den, no quieras que otros resuelvan por ti. Todo depende de ti. Crecí también con valores progresistas: me dijeron que era inteligente (nunca bonita, flaca, gorda), me dijeron que podía estudiar y tener una carrera (así de abstracto), que podría decidir lo que quería hacer y quién quería ser.

Estudiar, prepararte era siempre el mensaje para «ser alguien» y «hacer algo». Sus altas expectativas fueron sobre mis calificaciones, mi cultura general y estudiar en una «buena» universidad, pero siempre fueron abiertos en que yo escogiera, yo me decidiera.

Fuí producto de una educación de los 1970s, llena de contradicciones. Por un lado, unos años en un Montessori y muchas clases extracurriculares con pedagogía innovadora. Por el otro lado, en una escuela de monjas, muy tradicionales. Vivía entre esos dos mundos de «puedes ser lo que quieras» y «así es como deben ser las cosas». Cuando era una niña callada, introvertida, me fue muy bien; cuando me convertí en una adolescente social y cuestionadora, me fue muy mal.

En la prepa tradicional, no compartía los valores tradicionales de mis compañeras: «ser bonita», «tener novio», «casarte con alguien bien». No se puede trabajar y tener familia –nos decían– tienes que escoger. Preferentemente «si quieres ser feliz, escoge casarte» (aqui ver esta historia). Pasé varios años regañada en la dirección, varios reportes a mi casa y llamados a mi mamá, por «faltas de respeto» (un término que se utilizaba libremente para todo en aquel lugar).

Clase en JordaniaExentaba, pero pasaba «condicionada» en conducta. En estos años también aprendí a organizar las fiestas y salidas, al salón, las protestas y cartas, la representación del grupo, hablar con la autoridad a favor de alguien, recolectar fondos para nuestro viaje, recolectar fondos para el viaje de alguien más.

En uno de esos muchos episodios en que le pedía a mi mamá: «Por favor, cámbiame de escuela», me sorprendió su respuesta. «En esa escuela no saben tratar con mujeres líderes». Nunca más le volví a escuchar a mi mamá ese concepto, pero se me quedó grabado. ¿Qué era una mujer líder? No sé, ahí nunca hubo esa pretensión de «formar mujeres líderes», en contraste con lo que sí se decía en las prepas tradicionales de hombres.

La expectativa y el apoyo de mi papá siempre fue incondicional. Sus hermanas no habían estudiando la universidad y sus hermanos habían terminado el doctorado. «Y mira cómo les fue», decía. «Tú no puedes tener novio hasta que termines el doctorado», concluía. Así, fue un acompañante emocional de todas las solicitudes, exámenes y entrevistas del largo recorrido por las «buenas» universidades y sus respectivas becas. Era un viernes en la noche, estaba a punto de salir con unos amigos y mi prima me llamó: «¿Entraste al Colegio de México?». «No sé». «Vamos a ver» dijo inmediamente mi papá. Fuimos al Colegio, ya era de noche, pero ahí estaban las listas y mi nombre casi al final. Me abrazó, me cargó, no sé quién estaba más feliz con la noticia. «Trabaja, sé productiva. Sé exitosa» hasta la fecha me dice.

La universidad fue maravillosa. A diferencia del Francés, ahi los valores eran muy compatibles con los de mi casa: si estudias, te va bien en la vida. Eramos la primera generación que tenía 50% de mujeres. Cuando los profesores entraban por primera vez al salón, su expresión era: «Cuántas mujeres, por primera vez».

Fue la generación que me tocó vivir: no era difícil ser mujer y estudiar lo que uno quisiera, donde uno quisiera.

Agradecí –agradezco siempre– a todas aquellas generaciones que nos precedieron para llegar ahi, nos habían abierto las puertas y habían creado esas expectativas. Y así estudié donde quise, en las mejores universidades del mundo, conseguí becas, aprendí, con otras mujeres similares. Con maestros y maestras, nunca sentí discriminación; sabía que se necesitaba fortaleza, disciplina, esfuerzo, pero hasta probablemente los 25 años puedo decir no haber sufrido discriminación de género desde esta posición privilegiada.

 

2. Probar que se puede

Tuve varios novios y con cada uno representaba un futuro muy distinto. Salí con chicos muy tradicionales que me mandaban rosas e invitaban a restaurantes caros. Tras varios años de noviazgo, distancia, prueba y error, me casé con el más progresista en cuestiones de género de todos los que conocí. Y probablemente ésa fue una de las razones por las cuales me casé con él.

IMG_0108Su mamá se parecía mucho a mi mamá y mis tías; tuvo 8 hijos, era una mujer de su generación, dedicada a vivir embarazada y educar a sus hijos, cantaban toda la familia en el coro de la iglesia.

En su madurez, se convirtió en feminista de la teología de la liberación, regresó a estudiar la prepa y la universidad. Mi esposo, uno de los más pequeños de esta gran familia y gracias a esa experiencia, aprendió a cocinar y a estudiar junto con su mamá, aprendió sobre todo a valorar la equidad de género.

Recuerdo una plática que hace décadas tuvimos: «Yo no te voy a poder dar el estilo de vida al cual estás acostumbrada». «Yo no lo quiero, ni quiero que tú me lo des. Yo me quiero dar mi propio estilo de vida. No espero que tú lo proveas por mi», le contesté. Unos días más tarde, pensé y completé el párrafo: «No quiero tu dinero, pero sí quiero tu tiempo. Es decir, no sólo nos dividiremos las finanzas, sino las tareas domésticas y el cuidado de los hijos».

Sonaba muy bien repartir el tiempo, el cuidado reproductivo y las responsabilidad parental, pero no fue sino hasta que conocimos a Martin y Milena en Holanda que esto comenzó a tomar forma. Martin, el importante científico y director del Departamento de ecología en la Universidad de Wageningen, cada dos días salía de trabajar a las 11 de la mañana, dejaba a sus alumnos y trabajos «colgados».

«¿Cómo se va así, nada más, de su trabajo?» le pregunté. «Va a cuidar a su hijo, lo recoge de la guardería y porque su esposa estos días está trabajando». «Así, yo quiero. Si Martin –que es tan importante– lo hace, cualquiera lo puede hacer». Unas semanas después, Tony Blair, primer ministro de Inglaterra, se tomaba un par de semanas de paternity leave (licencia de paternidad). Si un primer ministro y Martin pueden dejar su trabajo para cuidar a sus hijos, todos lo pueden hacer.

Tina Fey

Esa experiencia y nuestra arquitectura financiera doméstica han sido piedras angulares de mi feminismo práctico. Hay una cuenta para la casa y nuestra hija, una cuenta mía y una cuenta de él. Cada año, se celebra una asamblea general de presupuesto, se deciden prioridades y se determinan los montos de contribución de cada uno. Las grandes compras son otra negociación aparte. Así el dinero está dividido entre nuestro dinero, su dinero y mi dinero. Y como el dinero, el resto ha sido una constante negociación: «¿Tú, qué día la cuidas?, ¿a quién le toca ir al super?, ¿qué menú hiciste para la comida?» y un largo etcétera.

Como también aquí relato, estas relaciones de equidad han sido un constante reto y negociación cotidiana. A ratos, entiendo por qué el «arreglo tradicional» de la división del trabajo funciona mejor: no hay tantos costos de transacción.

 

3. «Del M’ija» al cómo se hace «bien»

Fuera de casa, el feminismo práctico ha sido también un reto.

Una trabaja, se aplica (con mucho más orden e inteligencia que la mayoría de los hombres), hace bien las cosas y vas aprovechando las oportunidades. Pero en el camino, dejas de ver mujeres (porque estuvo muy pesado, porque les tocó cuidar hijos sin el ejemplo de Martin y Milena, porque … muchas razones) o las ves en ciertos sectores donde los horarios y cargas de trabajo son más flexibles.

1 167Comienzas a sólo ver a aquellos hombres que tienen en casa resueltas las cosas: quién hace la compra y la comida, lleva a los niños, recoge la tintoreria, etc. Comienzas a ver qué paradigma tienen en la cabeza y cómo entras tú en ese esquema como mujer… y sí cuesta trabajo. Muchos no están acostumbrados a verte como el «otro colega» sino como su hija, o su mamá, o su hermana… a veces como su potencial novia. Te toman cariño, te ven trabajar, pero no eres un colega, punto.

 

Mi mejor anécdota viene de cuando trabajé en Presidencia. Mi jefe tuvo otra reunión y me dejo al frente y cargo de coordinar la reunión de seguridad pública. Llegaron los jefes de la policía, los «comandantes» del DF, Estado de México, Puebla, Tlaxcala, Hidalgo y Morelos. Se toparon como «representante del Presidente» era una «chavita» de 29 años, que les decía cómo tenían que planear, discutir, hacer los proyectos. Claramente se sentían incómodos, pero yo no soltaba la discusión.

«M’hija» me decían, «Si, mi general», contestaba. Aquí hay que plantarse firme, me decía a mi misma. Conforme avanzabas estas reuniones, se pusieron de acuerdo sobre las frecuencias del radio, se prestaron el helicóptero, coordinaban operativos. ¿Cómo perseguir a la delincuencia que pasaba entre sus fronteras y límites estatales, sin comunicación y una frecuencia de radio en común? Eran pasos pequeñitos en contexto de desastres mayores.

Al final, la «chavita» les ayudó bastante. El día que mi jefe pudo ir alguna reunión, ya no le hacían caso sino que le referían lo que habían acordado con «Moniquita». Ahi, mis títulos de «licenciada» o «maestra» no valían, pero lo sustancial era la autoridad que me habia ganado. Pero, no faltó el día que, después de reclamarle al Secretario de Seguridad federal, salí llorando del enojo. «Aquí, frente a las cámaras de seguridad», me decía el jefe de mi jefe, «no llores». «No puedo no llorar, estoy enojadísima» le decía. «Qué poco profesional», seguramente él pensaba. Las lágrimas, me decía, eso es lo que no nos hace ser «colegas».

Foto 23-12-15 1 57 51 p.m.Al trabajar en sociedad civil, regresé a las reuniones donde la mayoría eramos mujeres. Al mismo tiempo que comencé a ser mamá, tuve que aprender a ser jefa: poner límites, crear estándares y supervisar, delegar, venderles ideas y paseos, acompañar el aprendizaje, hacerla de coach para la vida, exigir, lidiar con berrinches, despedir gente. Después de vivir acostumbrada a desafiar a la autoridad, me tocaba ser autoridad. ¡Difícil!

Fue cuando comencé a visitar los pasillos de Management de las librerías y a leer guías sobre cómo manejar recursos humanos entre las OSCs (aquí una que recomiendo mucho). Un día me topé con The Girl’s guide to being a boss (without being a bitch) (la Guía de chicas para ser jefa, sin ser cabrona).

No sólo tenía que ser jefa, sino que lo debía serlo en un mundo de valores sobre la justicia social, el sentido humano y la calidad ponían mayores retos. Además, era/soy mujer que llora cuando me enojo o frustro mucho; fácilmente «pierdo» en las reglas de lo «estrictamente profesional».

Poco a poco, tras ensayos y fracasos, mucha práctica e introspección (en combinación con terapia), aprendí y comencé a sentirme segura. A tener un «estilo de ser jefa» (sin ser cabrona, bueno, aquí habrá disenso de algunos) con el cual me fui sintiendo cómoda. De lo que me funcionó fue modelar comportamientos y tambén que las personas que yo dirigía tuvieran a su vez subordinados (asistentes, servicios sociales, voluntarios), creando un círculo positivo de retroalimentación y discusión sobre «¿cómo haces esto?, «esto sí está difícil», aprender desde distintas perspectivas.

Not Bossy

 

4.  Del sentirme cómoda como jefa a mujer líder

Hace 5 años cuando Daniel, responsable de la Red Synergos que comenzó a crear en México, me decía «queremos fortalecer el liderazgo», lo veía con escepticismo.

Desde BUSCA donde hacíamos todo participativo, odiaba las jerarquías y luchábamos contra los cacicazgo.

Como mujer, la misma palabra «líder» me causaba ronchas.

«Líder» significaba ese cacique, hombre (por supuesto), con modos autoritarios, que nos decía qué hacer y cómo hacerlo para su propio beneficio.

Synergos cambió esta visión y mi vida, en muchos sentidos. Ttuve que leer mucho sobre Liderazgo para discutir mejor con Daniel. Leí también sobre el liderazgo con perspectiva de género (Women & Leadership (Mujeres y Liderazgo) y How Remarkable Women Lead (Cómo liderean las mujeres extraordinarias)).

Si pudiera hablar del día en que me asumí como una mujer lider (y no sólo jefa), fue en una reunión en Jordania (ver aquí otros detalles), junto con otras 20 mujeres de todo el mundo, comenzamos a contar las historias de nuestros estereotipos sociales, nuestras historias personales de abuelas, madres, hijos y esposos y nuestras historias de protagonismo, desde el feminismo práctico, de ése bien trabajado y concreto, y lo mucho que teníamos en común.

 

Mujeres que admiramos

Previamente nos habían pedido fotos de mujeres que admirábamos, que iban desde nuestras familiares cercanas hasta mujeres modelo y ahí en una pared las pegaron. Una africana que relató una vida de dificultades en contextos de fuerte discriminación, dijo de su foto: «mi mamá hubiera estado muy orgullosa de verse rodeada de esta compañía».

Al final de esos días en que juntas nos reimos, lloramos y nos hermanamos por siempre, alguna dijo: «Tomémonos una foto delante de esta pared, para recordarnos quién somos».
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