Balancear: «Poner una cosa en equilibrio, en especial algo que se sostiene con dificultad»

«Mi Pequeña» (entonces de nueve años) no podía entender lo que pasaba.
«¿Cómo?», preguntaba, y yo trataba de explicarle:
«Antes se creía que las mujeres que sólo podían hacer una cosa; la mayoría de las veces era casarse y tener hijos. No trabajaban. Las pocas que trabajaban generalmente no tenían familia. Era uno o lo otro«.
No lo entendía, parecía un mundo tan ajeno al suyo… Después de un rato, dejé de explicar y comencé a sonreir. Esa conversación había hecho mi dia, mi mes (bueno,… mi vida).
Mi niña crecía sin el paradigma de «las mujeres son para casarse y formar familia». Para ella, «lo normal» era que las mujeres trabajaran, fueran iguales y también que tuvieran familia. Se había acabado el «uno o lo otro».
Para mi «Pequeña» era inconcebible dejar de ser astronauta para casarse o sólo dedicarse ser astronauta y no dejar la increíble experiencia de tener pareja e hijos (ver Mexicana prefiere casarse que trabajar en la NASA). Para ella, las mujeres podemos hacerlo todo.
Pero, ¿me atrevo a decirle la verdad?
Sin modelos de navegación
Mi historia fue crecer en una familia «tradicional», con un padre jefe de familia proveedor y una madre en casa, «tiempo completo» educando sus hijos. Mi mamá estudió la universidad y «es muy inteligente» (palabras con las cuales mi papá la define). Su relación, los nuevos tiempos y su expectativa al educarme me «hizo diferente» (ver aquí mi historia del empoderamiento y el «feminismo práctico»).
Un buen número de años estudié en una escuela tradicional de monjas. En la clase de «orientación vocacional» nos pidieron contestar un ejercicio (así decía el formulario):
«¿Quieres estudiar/trabajar o tener familia?». «Las dos», contesté. «No se puede», me dijeron, «tienes que escoger». «No quiero escoger, quiero las dos». Una vez más terminé regañada y «con reporte a la dirección por faltas de respeto».
La universidad y después fue una liberación. Estudié rodeada de mujeres (y hombres) que querían todo: las dos cosas, que me habían dicho que no se podía.
Muchas maestras y madres trabajadoras fueron modelos de lo que no tenía en casa y a quiénes les preguntaba: «¿Tienes hijos?», «¿Cómo haces para trabajar y tener familia?»
Con el tiempo, fui descubriendo que había en ese mundo de «las dos cosas» varios submundos:
- Donde la familia extensa (o principalmente, la mamá de la mamá) desempeñaba el papel tradicional de cuidado de los hijos y la mamá «sólo» trabaja.
- Donde la mamá soltera no tiene de «de otra» más que hacerle de «supermujer»: todo y más.
- Donde el hombre o el otro miembro de la pareja asumía el rol de cuidado de tiempo completo de los hijos.
- Donde la nana o trabajadora doméstica cuidaba de los hijos.
- Trabajar medio tiempo, freelance o en esquemas flexibles y bajas responsabilidades, para darle prioridad a los hijos (dejándolos y recogiéndolos de la escuela en los horarios más rígidos y complicados, «choferándolos» en las tardes a clases y actividades por la tarde, etc.).
Como yo quería «todo», ninguno de esos modelos me atraía.
No quería tener hijos para «dejárselos» a alguien más, quería tener pareja sin que se dedicara a cuidar tiempo completo a nuestros hijos y tampoco quería ser madre soltera, con exclusiva y absoluta responsabilidad de todas las tareas. Mi trabajo también era mi pasión, mi vocación. No me imaginaba cambiando todo lo que me había costado para convertirte en transportadora de mis hijos y en medio haciendo «trabajitos».
Pero, ¿me atrevo a decir la verdad?
¿Se puede tener todo?
Hacer todo, tenerlo todo, ha sido enormemente satisfactorio, me ha llevado a vivir de una manera intensa, completa, pero también (y de eso se trata admitirlo y tener esta conversación) ha sido cansado, desgastante, conflictivo. Ha significado arduas negociaciones, llenas de montañas rusas emocionales y culpas, constantes priorizaciones y re-priorizaciones.
Y también, malabarear constantemente.

Admito que apenas estamos construyendo aquel submodelo número 6, donde ambos trabajamos, tenemos carreras profesionales demandantes, no recurrimos demasiado ni cotidianamente a nuestra familia extensa (mis hermanos aquí estarían en desacuerdo), no tenemos trabajadora doméstica ni nana «de planta» (aunque sí tenemos dos personas que nos ayudan en tareas cotidianas). Solo tenemos una hija y — detrás de los estiras-y-aflojas cotidianos– nos logramos dividir 60/40 (mi marido diría 50/50, pero yo no) el cuidado, las reuniones de la escuela, los talleres de la tarde, las llevadas y recogidas de fiestas, y montón de cosas más.
En el camino, he aprendido y leído mucho sobre estos temas, que quisiera compartir y aquí editorializo algunas lecturas recomendadas.
El gran articulo de Anne-Marie Slaughte (Women can’t have it all) y su TED talk donde se pregunta y contesta si las mujeres realmente podemos tener todo. Es necesario, dice, abrir esta conversación. Es fundamental discutir los problemas de las instituciones (las escuelas y los trabajos, en particular) para adaptarse al sumodelo 6 y la importancia del horario flexible para tenerlo todo.
En muchos sentido, pude construir Alternativas y Capacidades, mientras nacía y crecía mi hija, porque una buena parte de mi trabajo ocurría entre las 10pm y las 2am. Esto tuvo el enorme costo personal de no poder dormir bien ni en horarios decentes, después.
El articulo de Rosa Brooks (Recline, don’t ‘Lean In’ (Why I hate Sheryl Sandberg)) discute justamente estos grandes costos personales del multi-tasking, la importancia del autocuidado y sí, dejar caer aquello que no es prioritario por pasar un día leyendo una novela, viendo una película o lo que a uno le venga en gana.
En los últimos años, me sirvió despegarme (creo) de la «cultura del sobre-trabajo» y la «cultura de la sobre-maternidad», como lo llama el articulo de Alison Wolf (The Women at the Top. The XX factor. How the raise of working women has created a far less equal world). No veo el paradigma perfeccionista de «supermamá-superprofesionista» como modelo a emular, sino que en momentos pueda decir «suficiente, necesito ayudo, redes de soporte y no pensar en dejar de hacer cosas no prioritarias, porque también necesito pensar en mi».
Esto coincide con el mejor consejo que recibí sobre la maternidad tras un arduo dia, ejemplo de mi cotidianidad.
Todavía tengo muy presente, el día que empezó cuando mi hija de 3 años vomitó camino a la guardería. Ahí me reclamaron por qué la llevaba así, vomitada, y no había regresado a mi casa a bañarla y cambiarla.
Corrí y tras una hora y media de tráfico camino a Santa Fé, llegué 40 minutos tarde a una reunión importante con el Director General de la compañía. Mi «cliente» me reclamó por qué no había salido más temprano para llegar a tiempo. «Porque mi esposo está de viaje y no podía dejar a mi hija antes de que abriera la guardería» contesté.

Luego pasé a reclamarme a mi misma, mi traje sastre vomitado y cómo era posible que fuera tan poco profesional.
«Ni modo» me dijo Tania intentando reconfortarme «tienes que cambiar tus estándares. Y sí, admitir que en estos momentos, las mujeres somos «semi-profesionales«. O como diría Leonardo: «A veces, en medio del malabar en el aire, está bien tirar un par de pelotas«.
Unos días después de esa conversación, me recomendó la carta de Sasha Emmons (Dear daughter, here’s why I work).
Admito como la carta, que tengo culpa, pero cuando volteo al panorama grande sé que no debería, que todo esto es lo que quiero hacer. Vale la pena, y soy un modelo para ti y tu generación.
Admitir que nuestra generación está pagando el precio de querer y tener todo. Somos una generación, como dice el artículo del New York Times, de familias estresadas, cansadas y viviendo «a las carreras» (Stressed, tired and rushed: a portrait of the modern family).
También debería confesarle a mi hija –tal vez un poco más adelante– que este camino es solitario. Que es tan difícil, que no es raro que –aunque fuimos mujeres la mitad del salón– en las salas de juntas y conforme pasan los años, dejamos de ser tantas y nos convertimos en minoría. Me ha costado emocionalmente –y un par de amistades– entender cuando las mujeres (mamás) renuncian al trabajo, cuando se hacen freelance, cuando le dan prioridad a la carrera del esposo o cuando renuncian a los hijos.
Entiendo, a ratos, entiendo sin compartir o aspirar a él que el modelo «tradicional» de «repartirse tareas» es más fácil.

Por esta soledad, cuando veo mujeres batallar como yo con la ida y venida, la traida y llevada, entre el trabajo y las responsabilidades reproductivas y de cuidado, siento inmediata solidaridad.
Es como en la escuela, que ves un niño y dices: «Quiero ser su amiga». No es sólo empatía, es saber que somos más quienes estamos en esta batalla cotidiana y confirmar que un día las instituciones y la vida doméstica tendrán que cambiar.
Catalina en un viaje me confesó: «Ya lo hice. Separé las cuentas de la casa, mía y suya, como tú. El principio, pensó que quería divorciarme, pero ahora está feliz». Son esos momentos que uno atesora en el corazón: las cosas pueden y van a cambiar.
Finalmente, aquí una pequeña Guía feminista del reparto de tareas domésticas que recomiendo, junto con leer un par de libros sobre negociación que uno debe aplicar cotidianamente, en la división de tareas domésticas, de crianza y profesionales.