Este artículo fue publicado originalmente en Reforma

Salir a las calles el #8M a protestar, pacíficamente o con cierta violencia, ¿sirve de algo?, ¿hace alguna diferencia?, ¿transforma? Sí, en muchos niveles.
Primero, provoca conversaciones, con las amigas, las familias, hijas y sobrinas; y por supuesto también con los hombres. Conversaciones sobre las violencias sufridas y los 10 feminicidios al día; sobre el acoso en escuelas, universidades y trabajos; sobre la brecha salarial, «la deserción del mercado» de mujeres preparadas y abrumadas; sobre lo poco escuchadas, muy interrumpidas y «machiexplicadas» que vivimos.
Segundo, estas conversaciones se vuelven exigencias públicas de la utopía que queremos: hogares sin violencia; caminar por las calles sin miedo a ser violada, secuestrada, torturada y asesinada; autonomía sobre nuestros cuerpos; oportunidades para estudiar y trabajar, sin riesgos, acosos o revictimización; salarios y condiciones laborales iguales; redistribución de responsabilidades del cuidado y domésticas entre hombres y mujeres.
Durante las marchas feministas, carteles y consignas son reflejo de estas conversaciones: «En la calle, quiero ser libre y no valiente», «Somos las voces de las que ya no están», «Si mañana falto, préstame tu voz», «Marcho porque cuando tenía 15 años pensé que era mi culpa», «Estas son las vallas que protegen al patriarcado», «Que cada mujer sea dueña de sus cuerpos, de sus ovarios, de su destino», «Aborto sí, aborto no. Eso lo decido yo».

En la Glorieta de las Mujeres que Luchan, se levantó el «Tendedero de denuncias» donde colocaron testimonios, fotos y hasta un «Se busca violador» con su número de expediente de la Fiscalía. En la puerta de la Cámara de Comercio, se pintó un nombre junto con un «violó a mi mamá». Las conversaciones privadas toman forma de gritos, pronunciamientos y catarsis pública.
Tercero, las conversaciones y exigencias se convierten en colectivos y redes organizadas, que rompen el silencio y el miedo, nos acompañan para denunciar, construir credibilidad, visibilizar y difundir mensajes. Somos las que gritan «Fuimos todas» ante la furia y la vandalización, que en otro contexto no permitiríamos. Somos las que cambiamos de opinión sobre «la violencia» al escuchar a otras madres e hijas violentadas. A través de la protesta, se construye poder social; y a través de la organización, voluntades colectivas y agendas de cambios. Así, se demandan y modifican hábitos y conductas. Se nombran delitos y sanciones a conductas antes normalizadas, como el piropo, el acoso, la violación, el grooming, el gaslighting.

Ahora bien, ¿cómo se transforman esas protestas en poder político? Una pregunta largamente presente entre los movimientos feministas. Hace cien años, se llegó al acuerdo pragmático de conseguir el voto para las mujeres, para de ahí desprender otras reformas. Hace algunas décadas, las mujeres mexicanas coincidieron en que la participación política y la paridad en la representación electoral impulsaría otras demandas.
Y ha sido cierto; el voto, la participación y la paridad, junto con la protesta y el poder social, han traído consigo grandes transformaciones.
Mis abuelas no pudieron votar, no estudiaron y no trabajaron. Vivieron bajo la costumbre de que debían cumplir «sus obligaciones matrimoniales»; ser golpeadas o violadas por sus cónyuges no era un delito; y parieron «los hijos que (sus parejas) Dios les mandó». Mucho, muchísimo se ha logrado gracias al sufragio femenino y a la paridad, respondiendo a la organización, protestas y propuestas de las agendas feministas.

Hoy, nosotras y las generaciones jóvenes exigimos más.
Nuestras violencias sufridas, conversaciones, denuncias y exigencias se topan con instituciones, con masculinidades (y también mujeres defensoras del statu quo) que no escuchan, que no saben cómo responder, que dudan, que se describen como «suficientemente deconstruidos» y «apoyadores de las causas feministas», sin responder de fondo. Nuestras agendas siguen repletas de propuestas por trabajar: igualdad salarial, paridad y acoso en el sector privado; sistema de cuidados y protección social universales; ciudades y movilidad diseñadas con perspectiva de género, entre otras.

Toca seguir recordando que el voto de las mujeres se logró a través de movilizaciones, conversaciones, organización política, y también conflictos. Hacer memoria que la autonomía sobre nuestros cuerpos no sólo ha sido producto de la ciencia, sino también de la valentía y perseverancia de quienes reformaron las percepciones sobre la reproducción y los derechos reproductivos, y universalizaron su educación y servicios públicos.
Marchar es seguir construyendo estas conversaciones, demandas y redes; usar la organización social y política, y sobre todo las políticas públicas para transformar. Es honrar el legado de las mujeres que nos precedieron y abrieron brecha. Es construir nuevos caminos a niñas y jóvenes mujeres que nos animan, nos exigen y trabajan por más.










